Ayer, en nuestra página de Facebook, os planteábamos esta pregunta:

«Si quiero decir que mi padre trabaja únicamente los sábados y los domingos, ¿cuál creéis que es la forma más incorrecta de decirlo?

1.- Mi padre trabaja solo los fines de semana.

2.- Mi padre trabaja sólo los fines de semana.

3.- Mi padre trabaja solamente los fines de semana».


Y hace algunos días nos topamos con el cartel que nos va a servir de excusa para esta pequeña entrada de hoy:
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En él se puede leer, entre otras cosas, la oración: «Sólo el bolsillo nota la diferencia». Discutamos sobre ese sólo con tilde diacrítica.

Seguro que todos recordamos la antigua regla que establecía que si esa palabra era usada como adverbio, en cuyo caso equivale a solamente, podía acentuarse. Es el caso de este cartel («Sólo el bolsillo nota la diferencia» / «Solamente el bolsillo nota la diferencia»). En cambio, si se usaba como adjetivo («No me gusta pasear solo») no tenía que escribirse con tilde. Esta regla, que se mantuvo inalterada hasta 1959, contravenía a esa otra regla de acentuación que todos conocemos desde el colegio y que establece que las palabras llanas terminadas en vocal, como lo es solo precisamente, no deben acentuarse.

No obstante, estaba muy extendida y, especialmente en casos de posible confusión o ambigüedad en una misma oración, se seguía utilizando (o se ha seguido utilizando, casi por mejor decir) la tilde diacrítica para diferenciar el uso adverbial del uso como adjetivo de la palabra solo. Este criterio de uso diferenciado fue el que se impuso a partir de 1959.

Esto no cambió radicalmente hasta hace apenas tres años, cuando en 2010 vio la luz la Ortografía de la lengua española. Fue, de hecho, uno de los cambios que más acaloradas discusiones provocó entre el común de los usuarios de nuestra lengua. Y ello se decidió así porque en este caso, y en el de los demostrativos, según la propia RAE, no se cumple el requisito de uso de la tilde diacrítica, «que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas, ya que tanto solo como los demostrativos son siempre palabras tónicas en cualquiera de sus funciones».

Por tanto, el nuevo criterio es que se prescinda de esa tilde diacrítica en todos los casos, incluso en los ambiguos. Así lo recomienda la Academia, aunque sería muy aventurado decir que sólo, acentuado, es incorrecto. No fue más que eso, un consejo, una recomendación y, quizá por ello, hay quienes se resisten a este cambio hasta el punto de que la RAE ha tenido que reconocer el escaso éxito que ha tenido esta sugerencia entre los usuarios de nuestra lengua. Aún así, la propia Academia, en la última obra que hemos citado, sugiere algunas soluciones para huir de esos casos que pueden inducir a error o llevar a interpretaciones ambiguas, y que el propio contexto comunicativo es incapaz de resolver. Entre ellas encontramos «el empleo de sinónimos (solamente o únicamente, en el caso del adverbio solo), una puntuación adecuada, la inclusión de algún elemento que impida el doble sentido o un cambio en el orden de palabras que fuerce una única interpretación».

Así pues, volvamos al ejemplo que pusimos ayer en nuestra página de Facebook:

La opción más incorrecta, a juzgar por lo recomendado por la Academia, sería la segunda, pues la palabra solo no debe acentuarse y hay criterios que justifican suficientemente, al menos a juicio de nuestros académicos, tal razonamiento. Por tanto, deberíamos escribirlo sin acento, a pesar de que con ello podríamos pensar que mi padre no es que trabaje únicamente los fines de semana (uso como adverbio), sino que trabaja solo, en solitario, sin compañeros, los fines de semana (uso como adjetivo). Aunque la primera opción sería la más correcta, hay una forma de hacerla más correcta aún y de hacer evidente que ese solo lo estamos usando como adverbio: sustituyendo solo por solamente y, así, hacemos desaparecer toda posible duda en estos casos que se pueden interpretar de las dos maneras.

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Hace algunos días os preguntamos en nuestra página de Facebook si vosotros érais más de interactuar con otras personas y con vuestro entorno o si, en cambio, sois más de interaccionar con ellos. Así, queríamos ver si alguien había visto en alguna ocasión que el verbo interactuar no está recogido en el Diccionario de la Real Academia Española, y si, al advertirlo, le había dado por pensar que se trataba de un verbo mal usado o mal construido y que hay que sustituir, por tanto, por interaccionar, el cual sí aparece en dicho diccionario.

Aunque esta ausencia pueda llevarnos a confusiones, no debemos pensar que el verbo interactuar está mal usado o es incorrecto. Nada más lejos de la realidad.

Por un lado, aunque no el DRAE, sí hay diccionarios que recogen el verbo interactuar. Sirvan estos tres ejemplos:

1.- El diccionario Clave. Diccionario de uso del español actual, de SM, lo define como «relacionarse de forma recíproca con varias cosas, especialmente si es entre un ordenador y su usuario».

2.- El diccionario WordReference.com, de tan extendido uso entre los internautas, da una definición casi calcada: «Ejercer una interacción o relación recíproca, especialmente entre un ordenador y el usuario».

3.- Por su parte, el Diccionario del español actual de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, lo define como «actuar recíprocamente» o «provocar un proceso de interacción».

El verbo interaccionar, por su lado, aparece en los anteriores diccionarios y, también, en el de la Real Academia Española. Este último lo define como «ejercer una interacción». Si tenemos en cuenta que, según la misma obra, una interacción es una «acción que se ejerce recíprocamente entre dos o más objetos, agentes, fuerzas, funciones, etc.», podemos concluir que su significado es muy parecido, prácticamente sinónimo, al del verbo interactuar.

Lo mismo podría decirse de la definición que encontramos en el diccionario de M. Seco, O. Andrés y G. Ramos, que ofrece dos acepciones del verbo interaccionar: «Hacer que [dos cosas] ejerzan interacción» y «ejercer interacción [una cosa con otra]».

Por tanto, las dos palabras están bien formadas. Por su parte, el verbo interactuar lo hace con el prefijo inter-, que significa «entre varios» y el verbo actuar, que significa, entre otras cosas, «poner en acción». Y el verbo interaccionar está formado por el sustantivo interacción, cuyo significado hemos señalado en los párrafos anteriores, más la terminación verbal -ar, de forma que se trata de un verbo derivado de un sustantivo.

El hecho de que interactuar no aparezca en algunos diccionarios no significa que sea un verbo que no existe, que está mal formado o cuyo uso es erróneo. Debemos tener en cuenta que no todas las voces derivadas, es decir, las construidas por aposición de prefijos o posposicion de sufijos, se encuentran en los diccionarios. Y ello no hace que no sean perfectamente válidas.

Por tanto, podéis usar libremente cualquiera de estos dos verbos. Son igual de correctos y, como hemos visto, sinónimos.

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Si observamos la fotografía de la carta de un restaurante, veremos que, como es habitual, aparecen los platos y, al lado, su precio en euros. El símbolo del euro (€) va pegado a la cifra en todos los casos.
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Efectivamente, el de escribir los símbolos pegados a la cifra a la que acompañan, es uno de los errores más comunes que podemos encontrar en cualquier texto.

Los símbolos son, según la Real Academia Española, representaciones gráficas estables (no varían, son siempre iguales) y normalizadas (con validez internacional en la mayoría de los casos), de carácter científico-técnico y formados por letras (los símbolos de los elementos de la tabla periódica o los puntos cardinales, por ejemplo) o por signos no alfabetizables (las unidades de moneda o los símbolos que utilizan los compositores en sus pentagramas, por ejemplo).

No son abreviaturas aunque algunos, los alfabetizables sobre todo, se formen con la primera letra de la palabra a la que representan (H por hidrógeno) o por las primeras letras de los elementos que forman tal palabra (hl por hectolitro).

Los símbolos están referidos, por tanto, a las unidades básicas y derivadas del Sistema Internacional de Medidas (m, kg, cm, l), a las unidades monetarias (€, £, ¥), a las operaciones y conceptos matemáticos (∞, ÷, √), a los elementos de la tabla periódica (F, Fe, Au), a los puntos cardinales (N, W, E, S) e, incluso, a los libros de la Biblia (Lv, Gn).

En la Ortografía de la Lengua Española, la Academia establece, entre otras cuestiones, que se escriben sin puntos (¡no son abreviaturas!), en redonda y sin tildes (a por área, ha por hectárea), que no varían en plural (1 km, 475 km), que son formas fijas (se escriben siempre de la misma forma, pudiendo combinar algunos mayúsculas y minúsculas), que se escriben después de la cifra a la que acompañan y separados de ella por un espacio en blanco (16 €, 8 ºC, 76 %, 359 hl, 34 USD), salvo los símbolos y números volados que van pegados a ella (45º, 6²).

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Si alguien dijese:

-Juan llevó a papá al polideportivo.

¿Cuál sería el pronombre personal átono de tercera persona del singular gramaticalmente más correcto?:

1)
-Juan LO llevó al polideportivo.

o

2)
-Juan LE llevó al polideportivo.

------------------------------

Si alguien dijese:

-Juan llevó a papá un regalo.

¿Cuál sería la opción gramaticalmente más correcta?

3)
–Juan LE llevó un regalo.

o

4)
-Juan LO llevó un regalo.

------------------------------

Para saber cuál es el pronombre personal átono de tercera persona que corresponde usar en cada caso, tenemos que saber diferenciar muy bien entre el complemento directo de persona y el complemento indirecto. No confundir el complemento directo de persona con el indirecto y, como consecuencia, no caer en el leísmo o en el loísmo, es una tarea no muy fácil para algunas personas.

Recordemos nuestras dos oraciones de muestra:

«Juan llevó a papá al polideportivo».

«Juan llevó a papá un regalo».

Podríamos pensar que «a papá» es en ambos casos el complemento indirecto, pues se trata de una persona y está introducida por la preposición «a», pero no es así. Solo lo es en la segunda oración. En la primera es el complemento directo de persona.

Un truco para saber cuál es el complemento directo de una oración consiste en pasar la oración a pasiva. Al hacerlo, el complemento directo pasa a ser el sujeto de la nueva oración, mientras que el complemento indirecto no sufre cambios.

Así, podemos decir:

«Papá fue llevado al polideportivo por Juan»

Pero no podemos decir:

«Papá fue llevado un regalo por Juan» porque, en esta oración, el complemento directo es «un regalo» y el indirecto, «a papá».

Los complementos directos pueden sustituirse por «lo» o «los».

De tal forma, tendríamos que decir:

«Juan LO llevó al polideportivo»,

y

«Juan LE llevó un regalo».

De hecho, el leísmo consiste en utilizar «le o les» para la sustitución de un complemento directo.

Así, si alguien dice:

«Juan quiere a Luis».

«Juan corrigió a David y a Roberto».

«Juan presentó a Rodrigo y a Javier».

Deberíamos usar el pronombre «lo»:

«Juan lo quiere».

«Juan los corrigió».

«Juan los presentó».

No obstante, el leísmo masculino singular de persona está admitido por la Real Academia Española, no así en femenino, ni para cosas, ni en plural.

¡Esperamos que este vídeo os sirva de ayuda!

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Observad este cartel que nos encontramos pegado en el escaparate de una pastelería hace un par de noches.

Salta a la vista que su autor tiene algún que otro problema con la conjugación del verbo elegir (concretamente con la tercera persona del singular del presente de indicativo) y lo comparte con todos los clientes del establecimiento.
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Pero..., ¿veis o encontráis algo más que os parezca erróneo o que os suene raro?

¡Esperamos vuestras impresiones al respecto! Nos gustaría leeros. Comentad libremente. Nosotros actualizaremos esta entrada más tarde para daros nuestra opinión sobre este texto.

PD: Perdón por la calidad de la imagen. Ya hemos dicho que era de noche.

ACTUALIZACIÓN (sobre la cohesión del texto):

Desde nuestro punto de vista, creemos que hay un problema de cohesión textual en la segunda frase del texto del cartel. En ella se nos invita a elegir el modelo que queramos, de todas las que ofrecen en el muestrario de tartas que citan en la frase anterior, y se comprometen a fabricárnosla recién hecha personalizada.

Alguien, en primer lugar, nos podría sugerir que el verbo «fabricar» no es el más adecuado para referirse a la labor de hacer tartas (o cualquier otro producto destinado a la alimentación humana) y que le suena mejor algún otro verbo como, por ejemplo, «elaborar». Con más razón si se trata de un proceso artesanal o manual como parece este caso, pues el verbo «fabricar» implica la idea de producir objetos en serie por medios mecánicos.

Con lo de recién hecha parece que el autor nos quiere dar a entender que las tartas no las traen hechas de otro sitio, ni las tienen varios días en sus expositores o frigoríficos hasta que algún cliente las compra. Las elaboran en la pastelería y en el momento para quienes las solicitan. Pero debemos reconocer que no es la mejor fórmula para dar a entender esto porque fabricar o elaborar algo recién hecho es una redundancia. ¿Acaso es posible fabricar algo que no esté recién hecho cuando lo que se fabrica responde a un encargo que se hace para alguien y a quien se le pide que se pase a recogerlo cuanto antes, recién salido del horno, para que pueda disfrutar de su sabor en toda su intensidad?

Además, la incorporación de ese recién hecha en este texto motiva que el complemento personalizada se aleje del verbo «fabricar», al que complementa (valga la redundancia) indicando cómo son las tartas de este establecimiento. Se nos antoja que queda un tanto lejos del verbo. Así pues, la oración te la fabricamos recién hecha personalizada, sin la conjunción copulativa «y» entre recién hecha y personalizada, suena bastante rara.

¿No habría quedado mucho mejor algo así como: «te la elaboramos en el momento y personalizada»? ¿O simplemente «te la elaboramos personalizada», entendiendo que el hecho de que la hagan de ese modo implica la idea de que la harán solo para nosotros, a partir del momento en que la solicitemos y nos la entregarán recién salida del horno?

Recordad que el objetivo más importante de la escritura es ser inteligible. Es decir, que nuestros textos se entiendan, nos los entiendan los demás. Para ello, una de las reglas de oro de la buena escritura es la concisión y el ahorro de elementos que no aportan nada al mensaje pero que sí embarullan, mezclan unos elementos con otros o los alejan, reduciendo el potencial comunicativo y la calidad de nuestros escritos. Este breve texto podría ser un ejemplo de todo esto.

Escribamos sencillamente, sin cursilerías y sin elementos accesorios o redundantes. Las frases largas y revestidas no son necesariamente más bonitas, ni más claras, que las cortas, ni nos hacen parecer más cultos. Busquemos la concisión, la brevedad y alejémonos de expresiones largas, subordinadas y complicadas que, manejadas con poca soltura, solo nos sirven para arriesgarnos a componer textos difíciles, repetitivos, enrevesados y liosos. Si no, estamos condenados a aburrir a quien nos lea y a que el mensaje no llegue a nuestros lectores o clientes.

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Una de las cuestiones más controvertidas del uso de la lengua española es, quizá, lo que toca a las mayúsculas. Seguramente por ello, la Real Academia Española dedicó un amplísimo capítulo a regular el uso de las mayúsculas y de las minúsculas en la primera parte de su Ortografía de la lengua española, publicada a finales de 2010.

Observemos la fotografía:
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Hay quienes creen, o al menos así lo parece por el uso que hacen de las mayúsculas, que estas sirven para resaltar las palabras importantes de un texto. Con ellas, piensan, llaman la atención del lector sobre cada una de ellas. En este caso concreto se nos advierte de los documentos que hay que presentar para poder hacernos una prueba médica.

Pero, desgraciadamente para los que así usan las mayúsculas, este uso no es correcto. Ni usar mayúsculas de este modo queda bonito pues, como podemos observar, la mayúscula rompe la caja de la escritura determinada por la escritura en minúsculas, que es la escritura normal.

Si leemos las reglas sobre el uso de las mayúsculas de la Real Academia Española, veremos que las mayúsculas en posición inicial de palabra que utiliza el autor en el texto del cartel inferior no están justificadas, pues no vienen exigidas por la puntuación, ni responden a los casos que la Academia contempla independientemente de la puntuación de los textos.

Por tanto, en este cartel informativo el autor debería haber escrito las palabras «Ecografía», «Volante», «Médico», «Tarjeta» y «Sanitaria» con iniciales minúsculas.

Pero las erratas no terminan aquí. Sigamos con las mayúsculas y, ahora, su relación con las siglas..., en el mismo cartel.

En este texto aparece una sigla: «D.N.I.», formada por las iniciales mayúsculas de las palabras documento, nacional e identidad, que alude a un objeto oficial que, expedido por un funcionario público, les sirve a los ciudadanos para identificarse en distintas situaciones.

En la misma obra antes citada, la Academia regula el uso de las siglas y establece que se escribirán en mayúscula todas las letras que las forman, excepto si se trata de acrónimos lexicalizados como Unesco o Unicef (con inicial mayúscula por ser nombres propios) o láser, sida u ovni (en minúscula por ser nombres comunes). Establece claramente, además, que las siglas nunca se escribirán con espacios o puntos de separación entre las letras que las forman como vemos en este cartel con la sigla «D.N.I.». Solo se admiten esos puntos cuando el texto del que forma parte la sigla se escribe enteramente en mayúsculas.

Por otro lado, teniendo en cuenta que la sigla DNI no hace referencia a alguna institución, organismo, asociación, publicación periódica o colección, documento legal o histórico, etc.,  el autor podría haberla desarrollado perfectamente en minúsculas (documento nacional de identidad). Lo mismo ocurre, por ejemplo, con la sigla IPC que utilizamos para referirnos al índice de precios de consumo.

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Hace algunos días recibimos la petición de aclarar la notable confusión que existe entre los verbos prever y preveer. Quien no se haya hecho un lío con su uso..., que tire la primera piedra.

Aunque la aclaración es sencilla, sorprende que tantas personas tengan -tengamos- tantos problemas con estos verbos y, sobre todo, con la conjugación de sus diferentes tiempos verbales. Y decimos que la aclaración es sencilla porque el verbo preveer, simple y llanamente, no existe. Es un puro invento que se ha extendido como la pólvora en nuestra comunicación oral y escrita, y parece que quiere quedarse entre nosotros o que, más bien, somos nosotros quienes se lo estamos permitiendo.

Solo existe el verbo prever, formado por el prefijo pre- y el verbo ver. Según el diccionario de la Real Academia Española, tiene tres acepciones, a saber: «Ver con anticipación», «conocer, conjeturar por algunas señales o indicios lo que ha de suceder» y «disponer o preparar medios contra futuras contingencias». No olvidéis estos significados, sobre todo el último, porque volveremos sobre ellos al final de esta entrada...

Como vemos aquí, se conjuga como el verbo ver. De tal forma, su infinitivo es prever (no preveer), el gerundio es previendo (no preveyendo) y el participio, previsto (no preveído). En el modo indicativo, la primera persona del singular del presente es preveo; la del pretérito imperfecto, preveía; la del perfecto simple, preví; la del futuro, preveré; la del condicional, prevería; la del pretérito perfecto, he previsto; la del pluscuamperfecto, había previsto; la del futuro perfecto, habré previsto; y la del condicional perfecto, habría previsto.

Por su parte, en el subjuntivo, la primera persona del singular del presente es prevea; la del pretérito imprefecto es previera o previese; y la del futuro, previere. La de los tiempos compuestos del subjuntivo son haya previsto (pretérito perfecto compuesto), hubiera o hubiese previsto (pluscuamperfecto) y hubiere previsto como futuro perfecto. Finalmente, el imperativo es prevé (tú), prevea (usted) y preved (vosotros).

Entonces, ¿de dónde sale eso de preveer? Parece que hay dos razones: Por un lado, el parecido formal y fónico entre los parónimos prever y proveer, que lleva a los usuarios de la lengua a hacer cruces impropios entre las formas de la conjugación de ambos verbos. Obsérvese que la conjugación del verbo proveer sí presenta los hiatos ee y ei (provee, proveiste), así como la y en el gerundio (proveyendo). Por otro lado, la terminación de algunos tiempos del verbo prever puede provocar que el lector piense que el verbo correcto es preveer y no prever. Por ejemplo, la primera persona del singular del presente de indicativo (preveo) y toda la conjugación del imperfecto de indicativo (preveía, preveías, etc.) y de la del presente de subjuntivo (prevea, preveas, etc.).

Vistos los aspectos formales, vayamos con el significado y con algunos usos incorrectos que le damos al verbo prever. De acuerdo con la definición que hemos repasado más arriba, el verbo puede usarse en distintas situaciones, por ejemplo:

«El gremio de comerciantes de Madrid prevé que las rebajas de este verano serán muy agresivas para contrarrestar el efecto de la crisis».

«Ojalá hubiese previsto las pérdidas antes de abrir mi negocio y de invertir el dinero en él».

«El Ministerio de Sanidad compró tantas dosis de la vacuna de la gripe porque había previsto un invierno con cepas del virus muy resistentes».

En efecto, no podemos usar el verbo prever con el uso tan frecuente que le dan nuestros políticos como sinónimo de establecer, disponer, ordenar, mandar o estipular. ¿Quién no ha escuchado a alguno de nuestros dirigentes decir que esta ley, ese real decreto o aquella orden prevé, por ejemplo, multas, un endurecimiento del Código Penal, la adopción de una serie de medidas concretas para luchar contra algo, la creación de un nuevo organismo, la inversión de una cantidad de dinero determinada para favorecer a algún sector económico, etc.? Prever, como hemos visto, no es sinónimo de establecer, disponer, ordenar, mandar o estipular, por lo que las leyes no pueden prever algo, no pueden ver algo con anticipación, ni conjeturar con lo que ha de suceder de acuerdo con los indicios hoy conocidos.

Menos clara, si observamos la tercera acepción del verbo prever, es su frontera con el verbo prevenir. Este significa «preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin» o «prever, ver, conocer de antemano o con anticipación un daño o perjuicio». También significa, entre otras acepciones, «anticiparse a un inconveniente, dificultad u objeción» y «disponer con anticipación, prepararse de antemano para algo». Si tenemos en cuenta, como hemos visto, que la tercera acepción del verbo prever es «disponer o preparar medios contra futuras contingencias», nos parece un tanto forzada la idea de no usarlos como sinónimos. Esta postura entiende que prever algo es esperar o suponer que eso se produzca y, por su parte, prevenir es tomar las medidas por adelantado para evitar un daño, un peligro o un riesgo; y nos parece que ignora deliberadamente la tercera acepción de prever.

Así pues, si prever es «disponer o preparar medios contra futuras contingencias» y prevenir es «preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin» o «prever, ver, conocer de antemano o con anticipación un daño o perjuicio», ¿no podrían preverse y prevenirse las epidemias, la mortalidad infantil, el consumo de drogas, los accidentes de tráfico o la obesidad?

¿Verdaderamente es una impropiedad léxica utilizarlos como sinónimos? Puede que no sean sinónimos en sentido estricto pues, como hemos visto en sus acepciones, no siempre los usaremos con el mismo significado. Pero sí podrían funcionar como sinónimos en algunos contextos, por ejemplo:

«La ONU va a invertir varios millones de dólares para prever la expansión de la malaria».

«La ONU va a invertir varios millones de dólares para prevenir la expansión de la malaria».

«La organización de la carrera ha decidido mejorar el peralte de las curvas del circuito para prever los accidentes de los corredores».

«La organización de la carrera ha decidido mejorar el peralte de las curvas del circuito para prevenir los accidentes de los corredores».

Aprovechando que estábamos escribiendo esta entrada, nos pareció interesante consultar a la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) a este respecto. Nos dicen que prevenir está recogido en el diccionario de la Real Academia Española con el significado de «disponer medios con anticipación contra futuras contingencias» (primera acepción) pero, dice, se trataría de un uso antiguo.

 ¿Qué tal si le damos un par de vueltas y lo discutimos?

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