Dice el titular de esta noticia de La Voz de Galicia.es que una persona ha sido amenazada gravemente:
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¿Acaso las amenazas pueden ser de otra forma? ¿Hay amenazas no graves, baladíes, intrascendentes?

Si amenazar significa, según la primera acepción que recoge el diccionario de la Real Academia Española, «dar a entender con actos o palabras que se quiere hacer algún mal a alguien», ¿puede amenazarse a alguien de una forma que no sea gravemente? ¿Se puede querer hacer algún mal a alguien sin gravedad, sin exceso, sin importancia o sin trascendencia?

¿No os parece redundante esto de amenazar gravemente?

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Hace algunos días recibimos la petición de aclarar la notable confusión que existe entre los verbos prever y preveer. Quien no se haya hecho un lío con su uso..., que tire la primera piedra.

Aunque la aclaración es sencilla, sorprende que tantas personas tengan -tengamos- tantos problemas con estos verbos y, sobre todo, con la conjugación de sus diferentes tiempos verbales. Y decimos que la aclaración es sencilla porque el verbo preveer, simple y llanamente, no existe. Es un puro invento que se ha extendido como la pólvora en nuestra comunicación oral y escrita, y parece que quiere quedarse entre nosotros o que, más bien, somos nosotros quienes se lo estamos permitiendo.

Solo existe el verbo prever, formado por el prefijo pre- y el verbo ver. Según el diccionario de la Real Academia Española, tiene tres acepciones, a saber: «Ver con anticipación», «conocer, conjeturar por algunas señales o indicios lo que ha de suceder» y «disponer o preparar medios contra futuras contingencias». No olvidéis estos significados, sobre todo el último, porque volveremos sobre ellos al final de esta entrada...

Como vemos aquí, se conjuga como el verbo ver. De tal forma, su infinitivo es prever (no preveer), el gerundio es previendo (no preveyendo) y el participio, previsto (no preveído). En el modo indicativo, la primera persona del singular del presente es preveo; la del pretérito imperfecto, preveía; la del perfecto simple, preví; la del futuro, preveré; la del condicional, prevería; la del pretérito perfecto, he previsto; la del pluscuamperfecto, había previsto; la del futuro perfecto, habré previsto; y la del condicional perfecto, habría previsto.

Por su parte, en el subjuntivo, la primera persona del singular del presente es prevea; la del pretérito imprefecto es previera o previese; y la del futuro, previere. La de los tiempos compuestos del subjuntivo son haya previsto (pretérito perfecto compuesto), hubiera o hubiese previsto (pluscuamperfecto) y hubiere previsto como futuro perfecto. Finalmente, el imperativo es prevé (tú), prevea (usted) y preved (vosotros).

Entonces, ¿de dónde sale eso de preveer? Parece que hay dos razones: Por un lado, el parecido formal y fónico entre los parónimos prever y proveer, que lleva a los usuarios de la lengua a hacer cruces impropios entre las formas de la conjugación de ambos verbos. Obsérvese que la conjugación del verbo proveer sí presenta los hiatos ee y ei (provee, proveiste), así como la y en el gerundio (proveyendo). Por otro lado, la terminación de algunos tiempos del verbo prever puede provocar que el lector piense que el verbo correcto es preveer y no prever. Por ejemplo, la primera persona del singular del presente de indicativo (preveo) y toda la conjugación del imperfecto de indicativo (preveía, preveías, etc.) y de la del presente de subjuntivo (prevea, preveas, etc.).

Vistos los aspectos formales, vayamos con el significado y con algunos usos incorrectos que le damos al verbo prever. De acuerdo con la definición que hemos repasado más arriba, el verbo puede usarse en distintas situaciones, por ejemplo:

«El gremio de comerciantes de Madrid prevé que las rebajas de este verano serán muy agresivas para contrarrestar el efecto de la crisis».

«Ojalá hubiese previsto las pérdidas antes de abrir mi negocio y de invertir el dinero en él».

«El Ministerio de Sanidad compró tantas dosis de la vacuna de la gripe porque había previsto un invierno con cepas del virus muy resistentes».

En efecto, no podemos usar el verbo prever con el uso tan frecuente que le dan nuestros políticos como sinónimo de establecer, disponer, ordenar, mandar o estipular. ¿Quién no ha escuchado a alguno de nuestros dirigentes decir que esta ley, ese real decreto o aquella orden prevé, por ejemplo, multas, un endurecimiento del Código Penal, la adopción de una serie de medidas concretas para luchar contra algo, la creación de un nuevo organismo, la inversión de una cantidad de dinero determinada para favorecer a algún sector económico, etc.? Prever, como hemos visto, no es sinónimo de establecer, disponer, ordenar, mandar o estipular, por lo que las leyes no pueden prever algo, no pueden ver algo con anticipación, ni conjeturar con lo que ha de suceder de acuerdo con los indicios hoy conocidos.

Menos clara, si observamos la tercera acepción del verbo prever, es su frontera con el verbo prevenir. Este significa «preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin» o «prever, ver, conocer de antemano o con anticipación un daño o perjuicio». También significa, entre otras acepciones, «anticiparse a un inconveniente, dificultad u objeción» y «disponer con anticipación, prepararse de antemano para algo». Si tenemos en cuenta, como hemos visto, que la tercera acepción del verbo prever es «disponer o preparar medios contra futuras contingencias», nos parece un tanto forzada la idea de no usarlos como sinónimos. Esta postura entiende que prever algo es esperar o suponer que eso se produzca y, por su parte, prevenir es tomar las medidas por adelantado para evitar un daño, un peligro o un riesgo; y nos parece que ignora deliberadamente la tercera acepción de prever.

Así pues, si prever es «disponer o preparar medios contra futuras contingencias» y prevenir es «preparar, aparejar y disponer con anticipación lo necesario para un fin» o «prever, ver, conocer de antemano o con anticipación un daño o perjuicio», ¿no podrían preverse y prevenirse las epidemias, la mortalidad infantil, el consumo de drogas, los accidentes de tráfico o la obesidad?

¿Verdaderamente es una impropiedad léxica utilizarlos como sinónimos? Puede que no sean sinónimos en sentido estricto pues, como hemos visto en sus acepciones, no siempre los usaremos con el mismo significado. Pero sí podrían funcionar como sinónimos en algunos contextos, por ejemplo:

«La ONU va a invertir varios millones de dólares para prever la expansión de la malaria».

«La ONU va a invertir varios millones de dólares para prevenir la expansión de la malaria».

«La organización de la carrera ha decidido mejorar el peralte de las curvas del circuito para prever los accidentes de los corredores».

«La organización de la carrera ha decidido mejorar el peralte de las curvas del circuito para prevenir los accidentes de los corredores».

Aprovechando que estábamos escribiendo esta entrada, nos pareció interesante consultar a la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) a este respecto. Nos dicen que prevenir está recogido en el diccionario de la Real Academia Española con el significado de «disponer medios con anticipación contra futuras contingencias» (primera acepción) pero, dice, se trataría de un uso antiguo.

 ¿Qué tal si le damos un par de vueltas y lo discutimos?

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Ayer nos sorprendió la alcaldesa de Telde, María del Carmen Castellano, con su opinión sobre las bibliotecas, algo que toca muy de cerca a quienes trabajamos en el ámbito editorial y siempre andamos con libros o proyectos de libros entre manos. En una entrevista dijo que las bibliotecas no dan dinero y, como las de su municipio están gestionadas por una empresa pública que lleva dos años seguidos con pérdidas, esta debería desaparecer, así como las bibliotecas que de ella dependen, en aplicación de la ley de estabilidad presupuestaria del ministro Montoro.

Analicemos un poco la situación:

Estas palabras fueron manifestadas por una alcaldesa, esto es, un cargo público que se supone que ama lo público, que tiene vocación de servicio público y a la que le gusta gestionar lo que es de todos y lo que nos iguala a todos, seamos ricos o pobres. Pero este caso no parece ser así. Esta alcaldesa prefiere prescindir de un servicio público esencial para los ciudadanos porque no es rentable económicamente. Y no hay tu tía porque, añadió, los trabajadores tenían que buscar fuentes de financiación distintas del Ayuntamiento si querían hacer que su empresa volviese a ser viable y, así, escapar de un cierre que parece seguro. ¿No es paradójico que a esta servidora pública no le importe perder un servicio público?

También sorprende que sea un servidor público, que debe conocer la naturaleza de los servicios que gestiona, el que diga que las bibliotecas no dan dinero. ¿Acaso deberían darlo? ¿Producen dinero las escuelas, los bomberos, los funcionarios, la policía, los médicos o los hospitales? Me temo que no mucho. El argumento de que  no dan dinero no sirve para prescindir de unos servicios públicos esenciales para la comunidad, pues generar dinero o beneficios económicos no es su objetivo. Por lo contrario, están orientados a cubrir necesidades más o menos básicas de la población y, por ello, son públicos y deberían ser incuestionables.

Los médicos y los hospitales curan, las escuelas enseñan, los bomberos apagan los fuegos y las bibliotecas nos dan cultura, información y argumentos para formarnos como ciudadanos e individuos libres. Estos servicios no pueden medirse en términos económicos porque, además de ser contrario a su esencia, muchos están tan consolidados que se han venido considerando derechos fundamentales de los ciudadanos e, incluso, se han recogido en nuestras constituciones políticas. Son servicios que nos igualan a todos, tengamos mucho o poco poder adquisitivo, pues todos, los ricos y los pobres, podemos coger prestados los libros que están en las estanterías de la misma biblioteca y acceder así a la misma cultura.

¿No sorprende, pues, que un servidor público, cuya vocación se supone que es lo público, hable de lo público como si fuera el gerente de una empresa privada, que sí está orientada a la generación de beneficios y que si encuentra algo que no los genera, prescinde de ello sin pensárselo dos veces? Y si añadimos que la regidora de Telde está siendo investigada por malversación, fraude, blanqueo de capitales y algún delito más, esto se convierte en una broma de muy mal gusto.

Las opiniones de la alcaldesa no son más que otra manifestación de la situación histórica que estamos viviendo. Nuestros gobiernos, europeo y nacional, parecen entregados desde hace años a una nueva vuelta de tuerca de la política neoliberal, al menos si se trata de prescindir de servicios y de derechos fundamentales, con el argumento del ahorro, de que no se puede hacer otra cosa, de que si no se hiciera aún estaríamos sufriendo más, y de la culpabilización de los ciudadanos que, al parecer, hemos vivido como ricos e inconscientes, despilfarrando sin ahorrar para el mañana. Como si los servicios públicos e infraestructuras que ahora hay que cerrar no las hubiesen proyectado, construido y considerado fundamentales los mismos que ahora vienen recortándolas. Es la doctrina del sálvase quien pueda, cúrese quien pueda, culturícese quien pueda, edúquese quien pueda, lea quien pueda y apáguese sus fuegos quien pueda. Es la doctrina del búsquese la vida previo pago de tal o cual cantidad de dinero por los servicios cada vez menos públicos que se nos prestan aunque, día a día, los periódicos descubren subvenciones, ayudas, financiaciones ilegales que demuestran que hay dinero para lo que se quiere y que esa vuelta de tuerca de la política neoliberal está siendo un tanto selectiva, pues afecta más a los servicios públicos que a las verdaderas mamandurrias de las que muchos llevan viviendo desde tiempos inmemoriales.

Es decir, al mismo tiempo que se amenaza con cerrar o privatizar servicios públicos se hacen públicas las pérdidas de las autovías de peaje, o de las cajas y de los bancos que nos han saqueado hasta llegar aquí. Y tenemos que asistir a un continuo desfile de presuntos corruptos de los partidos que nos gobiernan, que han vivido del dinero público impunemente, que siguen haciéndolo y que nos culpan a nosotros, los ciudadanos, de manirrotos y causantes de este desaguisado.

La lástima es que si nos cierran las bibliotecas ya no vamos a poder tener siquiera libros para evadirnos de tanta miseria. ¿No es triste?

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Hoy es un día muy desagradable para todos los gallegos en concreto, que algo saben por desgracia de tragedias de todo tipo; y para los españoles en general, que tenemos cierta experiencia en accidentes ferroviarios de lo más sangriento.

Poco puede hacerse por los fallecidos y, por el contrario, todos los esfuerzos de los profesionales se orientan en estos casos a salvar la vida de todos los heridos.

Los correctores y lingüistas debemos recordar y sancionar el uso tan frecuente que se hace de una expresión tan redundante como es la de recuperarse favorablemente.

Si leemos la definición del verbo recuperar en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, observamos que la sexta acepción dice: «Dicho de una persona o de una cosa: Volver a un estado de normalidad después de haber pasado por una situación difícil». Una situación que bien puede ser la provocada por una enfermedad o un accidente.

De acuerdo con ello, recuperarse favorablemente es una redundancia porque en la definición está incluido el sentido de volver a la normalidad, de sanar, de reponerse, de curarse, etc. Lo único posible es, pues, recuperarse favorablemente. Hacerlo desfavorable o negativamente no tiene el mayor sentido. Es un absurdo.

Un enfermo o un herido se recupera o no y, si lo hace, siempre será positiva o favorablemente. En cambio, el verbo evolucionar sí admite que especifiquemos si dicha evolución es favorable o negativa en tanto en cuanto ese verbo significa, según el mismo diccionario, que algo o alguien pasa de un estado a otro, ya sea de un estado bueno a uno malo o al revés.

Todo esto lo explicó muy bien hace algún tiempo la Fundación del Español Urgente en uno de sus vídeos. Aquí os lo dejo.
Desde Buenos textos nos unimos a los sentimientos de dolor que llegan sin parar desde Galicia y queremos expresar nuestro más sentido pésame a las familias de los fallecidos.

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¿Cuántas veces hemos escuchado decir a alguno de nuestros líderes o representantes políticos, sociales, sindicales o económicos, que valoran positivamente las decisiones del Gobierno, las palabras del tal o cual ministro o los datos de la Encuesta de Población Activa o del paro registrado?

Seguramente muchísimas veces, pues es una expresión muy común.

Aunque sea una expresión tan presente en nuestro día a día, no por ello es correcta.

Veamos el significado del verbo valorar. Además de «señalar el precio de algo», la segunda acepción que encontramos en el diccionario de la Real Academia Española es esta: «Reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o algo».

Es decir, si bien no muy clara o taxativamente, el diccionario le atribuye un significado positivo. Es una acción positiva. Por tanto, si alguien valora algo positivamente está siendo redundante. Y si lo valora negativamente, está utilizando una expresión absurda de acuerdo con la definición que acabamos de leer.

De todos modos, deberíamos tener más cuidado cuando utilizamos el verbo valorar, tan maltratado y del que tanto abusamos. Si, como acabamos de señalar, valorar significa señalar el precio de algo o apreciar el valor o el mérito de alguien o de algo, ¿por qué lo usamos como sinónimo de analizar, estudiar, evaluar u opinar? Los daños (de un accidente o de un desastre natural, por ejemplo) no se valoran, se evalúan; los casos (para una investigación, por ejemplo) no se valoran, se estudian; los resultados (de una investigación) o la situación de algo o de alguien no se valoran, se analizan; y las ideas, propuestas o hechos de alguien no se valoran por los demás, sino que se opina o se exponen los puntos de vista sobre ellas.

Para expresar, como hacen nuestros líderes y políticos, que se está de acuerdo con las medidas, decisiones, opiniones, etc., de alguien, basta utilizar, sin más complicaciones, el verbo aprobar. Y para expresar lo contrario, es suficiente el verbo rechazar. Huyamos, pues, de las redundancias y de expresiones tan farragosas o absurdas como las de valorar positivamente o valorar negativamente.

Por otra parte, todos habremos valorado algo con el sentido de apreciarlo y, para ello, no hemos usado un verbo que le va mucho mejor: estimar. Tampoco se entiende que nos empeñemos en valorar positivamente algo y no seamos capaces de manifestar nuestro acuerdo o nuestra conformidad al respecto. Y, por el contrario, muy pocos son los que rechazan o expresan su desacuerdo sobre algo o lo consideran reprobable, y prefieren valorarlo negativamente.

Es decir, por mucho que nos empeñemos en usarlo mal y en usar expresiones complejas  y hasta petulantes, el verbo valorar se utiliza en concreto para expresar el valor de algo (de un coche, un reloj, una joya, una docena de huevos, etc.):

«El apartamento que compraron mis abuelos estaba valorado en 450 000 pesetas».

 Y, como ya hemos dicho, para reconocerle un mérito a alguien:

«Con la concesión del premio Nobel de la Paz a Desmond Tutu en 1984, la institución sueca valoró la gran aportación del clérigo africano al fin del apartheid en Sudáfrica».

Finalmente, también se utiliza con el sentido de «aumentar el valor de algo» y, en química, para «determinar la composición exacta de una disolución».

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Hace algunas semanas estuve charlando con una buena amiga. En ello estábamos cuando uno de los dos utilizó una construcción muy extendida y que todos, en mayor o menor medida, hemos usado alguna vez o, incluso, casi todos días: en base a (o, si bien un poco más rara, con base a).

Se trata de unas locuciones preposicionales incorrectas aunque, al mismo tiempo, muy extendidas no solo en nuestra comunicación oral, sino también en la escrita. Recurrimos a ellas cuando queremos señalar que eso de lo que estamos hablando tiene su apoyo, su razón de ser o su fundamento en lo que decimos después de dichas construcciones:

«La obra se hizo con base a los planos y materiales disponibles en aquel momento...».

«España actuó en base a derecho en las bonificaciones fiscales al sector naval...».

Se prefiere, en estos casos, el uso de otras expresiones como, por ejemplo: según, de acuerdo con, basándose en, en relación con, conforme a, por, tomando como base, a causa de, sobre la base de, con base en o a partir de.

No obstante, no todas las construcciones con el término base son incorrectas. De hecho, hay locuciones (preposicionales, adverbiales, adjetivas o verbales) que sí son correctas. El Diccionario de la Real Academia Española reconoce, con el elemento base como parte esencial de las mismas, varias:


1.- La locución adverbial a base de bien, que le da un matiz positivo o bueno a lo que se refiera la acción.

«Este niño estudia a base de bien...».


2.- Las locuciones preposicionales como a base de, de acuerdo con, con base en, a partir de o a causa de, que indican los componentes o los fundamentos de algo. Obsérvese que en estos casos las preposiciones que acompañan al término base tienen significado, significan algo, tienen sentido, cosa que no ocurre con las formas en base a o con base a, pues las cosas o los hechos tienen su base o fundamento en determinadas circunstancias, causas o motivos.

«Este plato está hecho a base de zanahoria, calabacín, champiñones y huevo...».

«De acuerdo con el sumario del caso, el imputado podría ser condenado a veinte años de prisión...».

«El investigador redactó aquel artículo con base en los últimos hallazgos de sus yacimientos...».

«Los científicos lograron generar células madre a partir de células adultas...».

«El Gobierno militarizó los aeropuertos civiles a causa de la huelga de los controladores aéreos...».


3.- La locución adjetiva de base, que alude a los militantes o seguidores de una organización que no ocupan altos cargos en la misma.

«Fue militante de base del partido durante su juventud...».


4.- Y la locución verbal a partir de la base de que, con la que se entiende que se acepta lo que se está expresando.

«Partiendo de la base de que el hombre es un lobo para el hombre, Hobbes creía que el egoísmo era la seña de identidad del comportamiento humano...».


No obstante, al tratarse de dos expresiones tan extendidas, el empleo de en base a o con base a no puede censurarse. Lo que sí podemos hacer, al menos, es recomendar el uso de locuciones que sí tienen significado y que nos permiten expresar mejor las mismas ideas.

¡Buen viernes y buenos textos!

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