Hoy vamos a tratar del uso de una expresión que utilizan muy frecuentemente los políticos y los periodistas que acercan a los ciudadanos la opinión y el quehacer diario de nuestros representantes. Se trata, en efecto, de la expresión en sede parlamentaria, que hemos leído en esta noticia de ayer, 19 de agosto de 2013, del diario Público.es.
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Parece claro que se utiliza como sinónimo de Parlamento, como un recurso que les permitiría al político y al periodista no repetir tantas veces dicha palabra y, así, hacer que sus textos o discursos no sean repetitivos; ni su lectura, molesta. También opinamos que el uso de esta fórmula tiene algo de pedantería o cursilería pues, como ha advertido la Fundéu, se usa abusivamente, es una expresión más molesta que la propia repetición que se pretende evitar y, además, se usa equivocadamente, es decir, sin el artículo que la debería acompañar: en [la] sede parlamentaria.

Bien es verdad que la ausencia del artículo se ha generalizado en algunos casos como, por ejemplo: estar en cama, en casa, en clase, en misa o en capilla. Pero no parece haber cuajado cuando nos referimos a instituciones, como es el caso que aquí nos trae: trabajo en biblioteca municipal, el aforado será juzgado en Tribunal Supremo, el cura ofició la misa en iglesia o tiene una tienda en mercado; salvedad hecha de dos sí utilizadas frecuentemente, a saber: estar en comisaría o jugar en Bolsa.

El caso es que estamos llegando a una situación en la que la palabra Parlamento casi ha desaparecido en favor de esa expresión tan rebuscada. De hecho, parece como si sus usuarios estuviesen convencidos de su corrección y, es más, de que les hace parecer muy elegantes y refinados en el uso de la lengua. Y no solo eso. A veces se usa con otras preposiciones distintas a en, por ejemplo: se amparó en su condición de diputado para mentir desde sede parlamentaria.

¿Cómo podríamos decir Parlamento de otra manera? Aprovechemos que tenemos un sistema bicameral y utilizemos los nombres de ambas cámaras, Congreso de los Diputados y Senado, en lugar de sedes parlamentarias. También hay quien se refiere al primero como el palacio de la Carrera de San Jerónimo. Y hay quien las menciona como cámaras legislativas o simplemente como poder legislativo. Parece, que es lo más importante, que opciones no nos faltan...

Como dice Lázaro Carreter, desde los años 90 del pasado siglo esto de la sede entró en nuestra forma de escribir y de hablar, y se ha quedado con nosotros. Ha tenido mucho éxito. Ha triunfado en su aplicación como sinónimo de Parlamento y también cuando nos referimos a los juzgados, que dejan de serlo para convertirse para algunos en sede judicial.

Pero es fácil comprender lo absurdo y cursi de la expresión si lo aplicamos a otros ámbitos: los Ayuntamientos dejarían de ser Ayuntamientos para pasar a ser sedes municipales; los campos de fútbol se convertirían en sedes futbolísticas; las estaciones de tren, en sedes ferroviarias; los aeropuertos, en sedes aeroportuarias; los circuitos de Fórmula 1, en sedes de carreras automovilísticas; los hoteles, en sedes hoteleras o turísticas; los restaurantes pasarían a ser sedes hosteleras; las universidades se convertirían en sedes universitarias y las plazas de toros, en sedes taurinas; y las astronaves se transformarían en sedes astronáuticas.

O sea, como se puede deducir fácilmente, esto es un despropósito, un abuso, un sinsentido, una deformación de la lengua. Como regla general, llamemos a las cosas por su nombre, no inventemos nombres cursis (y encima con errores) para cosas que ya los tienen, y no compliquemos la lectura de nuestros textos abusando de una expresión tan innecesaria como esta.

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